Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo.


LA PRESENTE HOMILÍA FUE ESCRITA POR EL ENTONCES ARZOBISPO DE BUENOS AIRES, CARDENAL JORGE MARIO BERGOGLIO SJ, ANTES DE PARTIR PARA ROMA Y ASÍ QUEDÓ IMPRESA PARA ESTE DÍA.


Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa Crismal

Las lecturas nos hablan de los Ungidos: el siervo de Yahvéh de Isaías, David y Jesús nuestro Señor. Los tres tienen en común que la unción que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios al que sirven; su unción es para los pobres,para los cautivos, para los oprimidos... Una imagen muy bella de este “ser para” del santo crisma es la del Salmo: “Es como óleo perfumado sobre la cabeza, que se derrama sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras” (Sal 133, 2). La imagen del óleo que se derrama -que desciende- por la barba de Aarón y baja hasta la orla de sus vestidos sagrados es imagen de la unción sacerdotal que, a través del ungido, llega hasta los confines del universo representado en las vestiduras.

La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en simbolismos; uno de ellos, el de los nombres de los hijos de Israel grabados sobre las piedras de ónix que adornaban las hombreras del efod, del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre la piedra del hombro derecho y seis sobre la del hombro izquierdo. También en el pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel. Es decir: el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo fiel y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires.

De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, miramos la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se queda perfumando su persona sino que se derrama y alcanza las periferias. El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres,para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción no es para perfumarnos a nosotros mismos ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se nos pondría rancio el aceite… y amargo el corazón.

Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: cuando sale de la misa, por ejemplo, con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, las periferias donde el pueblo fiel está expuesto a la invasión de los depredadores sedientos de su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con sus cosas -con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas-. Y cuando siente que el perfume del Ungido llega a través nuestro se anima a confiarnos cosas de ellos que quieren que le lleguen al Señor: “rece por mí padre, que tengo este problema...” “Bendígame” y “rece por mí” son la señal de que la unción llegó a la orla del manto porque vuelve convertida en petición. Cuando estamos en esta conexión y la gracia va y viene por nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres. Lo que quiero señalar es que siempre tenemos que reavivar la gracia e intuir en toda petición, a veces inoportunas, a veces puramente materiales (en apariencia), a veces banales (de nuevo insisto, en apariencia) el deseo de nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado que sabe que tenemos. Intuir y sentir como sintió el Señor la angustia esperanzada de la hemorroisa cuando tocó el borde de su manto. Ese momento de Jesús, metido en medio de la gente que lo apretuja por todos lados encarna toda la belleza de Aarón revestido sacerdotalmente y con el óleo que desciende sobre sus vestidos. Es una belleza oculta que resplandece sólo para los ojos llenos de fe de la mujer que padecía derrames de sangre. Los mismos discípulos -futuros sacerdotes- no ven todavía, no conectan: en la periferia existencial sólo ven la superficialidad de la multitud que aprieta por todos lados hasta sofocarlo (cfr. Lc. 8: 42). El Señor en cambio siente la unción en la periferia de su manto.

Allí hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las periferias donde hay sangre derramada, ceguera que desea ver, cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor: algún curso de autoayuda en la vida no viene mal, pero vivir de curso en curso de método en método, lleva a pelagianizarnos, a minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que salimos a darnos y a dar el evangelio a los demás; a dar la poquita unción que tengamos a los que no tienen nada de nada.

El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco (no digo “nada” porque nuestra gente nos roba la unción, gracias a Dios) se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador se va convirtiendo, poco a poco, en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor “ya tienen su paga”, medran a costa de las partes y así como no “ponen el propio pellejo ni el corazón” tampoco reciben un agradecimiento de corazón. De aquí proviene precisamente esa insatisfacción de algunos, que terminan tristes y convertidos en coleccionistas de antigüedades o de novedades en vez de ser pastores con olor a oveja y pescadores de hombres. Es verdad que la así llamada “crisis de identidad sacerdotal” nos amenaza a todos y viene montada sobre una crisis de civilización; pero que si sabemos barrenar su ola, podremos meternos mar adentro en nombre del Señor y echar las redes. Es bueno que la misma realidad nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se nota que es pura gracia, en ese mar del mundo actual donde sólo vale la unción (y no la función) y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquél de quien nos hemos fiado: Jesús.

Que el Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que fuimos ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de manera tal que la unción llegue a las periferias, allí donde nuestro pueblo fiel más lo necesita y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor que estamos revestidos con sus nombres, que no queremos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido.


Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

Buenos Aires, 28 de marzo de 2013


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